Mi amiga Claudia mencionaba en una de sus tantas teorías de conspiración a su persona, la capacidad que tenemos los humanos para inventarnos preocupaciones. Ella lo asociaba con la ansiedad en forma de pensamiento y con la necesidad de deteriorarse progresivamente. Decía que si lograba dominar su idea autodestructiva, eso la agotaba físicamente. Como si su cerebro corriera un maratón. Estaba tan metida en sus recuerdos, que podía llegar a memorizar los detalles más mínimos, ella se mantenía ocupada, alterada y menospreciada dentro de sí misma. Yo creí por mucho tiempo que la depresión era una manera de buscar atención dónde no la había, pero después comprendí que era algo muchísimo más complejo; algo que yo no podía entender dentro de mi cabeza tan obscura. Escuchándola a ella todo era confuso, todo llegaba de mil lugares para exterminarla y no sabía que debía golpear primero para que no la liquidaran sus pensamientos. Cada que la escuchaba, yo aprendía de su visión, de su forma de ver la vida, de sus ganas de vivir pero más de sus ganas de dejarse caer. Claudia no tenía una sola cosa en su mundo que le dijera que todo estaría bien.
Hoy recordé a Claudia, tengo años sin saber qué fue de su vida. Y mi corazón espera que esas pláticas que tuvimos hace tanto tiempo, ahora ni siquiera las recuerde.
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Que sería de mi si no soñara...