Platicaba con él. Recordamos buenos y malos ratos, historias, viajes, tantas cosas. Y hablando de ese viaje donde salí a buscarte tú te apareciste. Pero a partir de aquel día, el movimiento de tu recuerdo me envolvió y fui arrastrado por la idea en la cual corren el riesgo de aturdirse las cabezas más fuertes. Con lo que hay en la mía es suficiente, pero yo no sabía casi nada del mundo y después de haber huido de él durante unos meses, me encontraba de pronto en el salón de tu corazón; es decir, con todas las razones posibles para tener que frecuentarte, me atrapaste sin decir nada, limpiamente.
Consideré inútil repetirte que no estaba hecho para tu mundo ni para aquel género de tu vida, y en caso de que me hubieras visto esa tarde tus palabras habrían sido certeras y llenas de rencor: "vete, no quiero verte". Pero aquello que llegaste a gritarme en mi imaginación tal vez no lo hubieras sentido de verdad y además yo no lo creería.
Yo te quiero, mucho; por eso tenía el propósito de buscarte en casi todos los lugares que tu frecuentabas, y lo hice: pero no te encontré.