domingo, 27 de diciembre de 2020

Anécdotas de madrugada

23 de diciembre 2020.
Viajaba desde Torreón hacia Monterrey. Eran alrededor de las 4:00am y me sentía demasiado cansado. Había conducido varias horas el día anterior ya que venía desde Mazatlán. Pasaba exactamente por un lugar muy solitario en la Sierra de Arteaga, todavía estando dentro de los límites de Coahuila. Justo a esa hora no hay nadie en carretera, menos en estas fechas. Por un instante quise orillarme a descansar pero manejando solo, es un riesgo que no se debe correr.
Subí un poco más el volumen de la música, sonaba 'ghost ship' de Blur, irónicamente no era una música que me quitara el sueño pero mantenía el ritmo y me mantenía en ánimo. Después de un rato, el café que había estado tomando en el camino me hizo recordar que tenía que ir al baño. No creía resistir hasta la siguiente gasolinera.
Me detuve en medio de la nada. Alrededor no se veía nada ni nadie y eso me daba calma; si es que venía algún coche lo podría ver desde una distancia lejana.
Creo que la temperatura afuera estaba en 1 ó 2 grados. Sentía cómo mi cuerpo temblaba mientras intentaba orinar. También el cansancio me hacia sentir de esa forma, así que se lo atribuí a todo en conjunto.
Mientras hacía mis necesidades, escuché ruidos entre los arbustos y los árboles, pensé que podía ser algún animal, así que me dí prisa y me subí de nuevo al coche para seguir con mi camino. 
Al encender el coche y prender las luces nuevamente, enfrente de mi tenía a una señora de aproximadamente 40 años, con un bebé en brazos (eso parecía) y una bolsa enorme, parecida a una pañalera.
Jamás en mi vida había sentido tanto miedo. En mi mente evalué todo el escenario que estaba viviendo. Qué hace aquí a esta hora con un bebé? No hay casas cerca de aquí, de dónde viene? Qué quiere? Porqué no me habla y sólo me mira fijamente? Qué tiene dentro de su bolsa? Querrá que la lleve a alguna parte?
Estuve dentro del coche casi 20 minutos, encendido, con las luces prendidas, esperando una reacción o un comentario pero sólo me veía, no me hacía gestos, ni señas. No movía un sólo músculo de su cara. No mostraba miedo, ni frío, ni cansancio, ni enojo; su cara no decía nada. Es la expresión más vacía que he visto en una persona o en lo que sea que fuera. Yo no intenté hablarle, a fin de cuentas la interesada era ella, no yo. En ese momento lo que más deseaba en la vida era que pasara otro coche, pero no sucedió.
Después de esperar tanto, manejé de reversa unos 10 metros y salí quemando las llantas de mi coche para largarme de ahí. Volteé por el retrovisor, pero quizá por la oscuridad ya no vi a nadie. Después de manejar 5 minutos, sentí tanto remordimiento que regresé a buscarla.  Quizá la señora estaba en shock porqué le había pasado algo y por eso no había expresado nada. Regresé al mismo lugar, avancé y recorrí la carretera por más de media hora, ida y vuelta. Es imposible que caminara tanto en tan poco tiempo. No la volví a ver. Busqué por la carretera para ver indicios de algo, pero no encontré nada.
No entiendo aún que fue lo que pasó. Jamás había vivido algo tan extraño en mi vida. Se me quitó el sueño, el hambre, el frío y el cansancio. Manejé sin detenerme casi 6 horas hasta llegar a San Luis. Ya ni siquiera hice la escala que haría en Monterrey para dormir.

El fin de este maldito año de mierda no me pudo hacer sentir peor. No pudo terminar de mejor forma.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Nuevos tiempos, viejos amigos

Mi amiga Claudia mencionaba en una de sus tantas teorías de conspiración a su persona, la capacidad que tenemos los humanos para inventarnos preocupaciones. Ella lo asociaba con la ansiedad en forma de pensamiento y con la necesidad de deteriorarse progresivamente. Decía que si lograba dominar su idea autodestructiva, eso la agotaba físicamente. Como si su cerebro corriera un maratón. Estaba tan metida en sus recuerdos, que podía llegar a memorizar los detalles más mínimos, ella se mantenía ocupada, alterada y menospreciada dentro de sí misma. Yo creí por mucho tiempo que la depresión era una manera de buscar atención dónde no la había, pero después comprendí que era algo muchísimo más complejo; algo que yo no podía entender dentro de mi cabeza tan obscura. Escuchándola a ella todo era confuso, todo llegaba de mil lugares para exterminarla y no sabía que debía golpear primero para que no la liquidaran sus pensamientos. Cada que la escuchaba, yo aprendía de su visión, de su forma de ver la vida, de sus ganas de vivir pero más de sus ganas de dejarse caer. Claudia no tenía una sola cosa en su mundo que le dijera que todo estaría bien. 

Hoy recordé a Claudia, tengo años sin saber qué fue de su vida. Y mi corazón espera que esas pláticas que tuvimos hace tanto tiempo, ahora ni siquiera las recuerde.