martes, 1 de noviembre de 2016

Anécdotas de viajes paralelos




















Estaba casi listo para salir de casa. Me vinieron a la mente las memorias de siempre, las que te complican la existencia en cada viaje. Antes de partir, tuve una especie de revelación emocional que no cuadraba nada con la realidad de las cosas. Y lo experimenté como una revelación porque en un punto dejó de ser real para convertirse en un evento totalmente inexorable. Yo creí que todo marchaba conforme a lo habitual pero, hay cosas que no pueden razonarse de una forma verdadera. 

Para mi, resultaba muy complicado tener que analizar cada lugar al que llegaba, y lo hacía por las ganas de conocer culturalmente mi destino pero el impulso a aprender y conocer personas me dejaba aún mas satisfecho. Sin embargo, después de culminar muchas horas de viaje, analicé el trayecto en lugar de todos los puntos visitados. Me di cuenta que llevaba miles de kilómetros recorridos por muchos años y que casi conocía todas las carreteras del país. Había pagado en casetas de peaje desde La Rumorosa en Mexicali hasta Cancún. No podía entender como había pasado muchas horas de mi vida viajando y lo peor es que no había ningún propósito al hacerlo; solo el de conocer y aprender. 

Saqué a conclusión propia, que las horas invertidas en la carretera nunca fueron desperdicio alguno para mis propósitos personales, pero que el tiempo que se me había ido en pedalear no lo recuperaría nunca, sería tiempo muerto de mi vida, donde no era productivo y donde no generaba nada para nadie. Después de todo, tuve un aprendizaje que me dejó una moraleja: no puedo analizar cosas que no he hecho o que no conozco, ya que cuando un día finalmente decida a hacerlas, me daré cuenta de que nada es lo que parece, y lo que creía tener resuelto, siempre me generará mas dudas.

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Que sería de mi si no soñara...